jueves, 13 de diciembre de 2018

VACIO

Un trece, y otro, y otro y luego otro más... Diecinueve treces.  ¡Diecinueve!. Parece que fue ayer y sin embargo siento en mi piel que ya han pasado más de cien años. Piel centenaria e insensible, protegida por una gruesa capa de grasa de ballena que engrosa año a año. Muro de hormigón homologado que salvaguarda el corazón de la central nuclear de posibles ataques externos y a la vez protege al mundo exterior del latente peligro que se almacena tras él.
Dudo que algo haya sido verdad. Apenas recuerdo nada. La mente es caprichosa y juguetona. Sobre todo juguetona.
Diagnostico contrastado: severa necrosis cardiaca por congelación acompañada por episodios de amnesia prolongada.
Un inconmensurable y angustioso agujero negro. Eso es todo.

viernes, 19 de octubre de 2018

DESNORTADO


Parecía que lo tenía solucionado, pero va a ser que no. Bueno, siendo sinceros más bien es un : "¡Qué va hombre, que va a estar solucionado. Ni en broma!"
Pensé que había encontrado mi sitio y hasta llegué a sentirme en el momento correcto. Pero se ve que no, que al final todo vuelve a su ser y aquí sigo (donde no lo sé, pero "aquí" sigo). Perdido. Más bien del todo desorientado. Con el GPS fuera de servicio, los escasos mapas que mantengo, rotulados en arameo, y el norte del todo desnortado.
Viviendo con el deseo casi permanente de hacer un mutis por el foro y desaparecer de escena sin mucho ruido, incluso mejor, si pudiese, diluyéndome en el aire o teletransportándome muy lejos.
Siempre me he sentido fuera de sitio, sin mucho que ver con el resto de congéneres de mi especie. Desde muy crío fui el bicho raro. El niño soso, denso, aburrido, demasiado profundo para su edad.
No creo en la idea de "culpa", pero si existiese realmente ese concepto, tengo claro que la culpa sería mía y no del resto del mundo. Si me ha ocurrido siempre, desde muy chico, por algo será. No encajo. Tal vez un círculo en un mundo de rombos. Vaya usted a saber.
Le di vueltas de crío. Muchas vueltas. Al final decidí venderme para ser aceptado: me volví medio lelo, más alocado que alegre,  insulso y trivial...
Funcionó. Funcionó muy bien. Sobre todo durante la adolescencia, los amiguetes, el rockabilly, los ligues, los porrillos y tal.
Luego, al llegar a la mili, otra vez volví a ser el extraterrestre de siempre y ya casi nunca he perdido esa sensación. No es solo que no me entiendan, es que encima yo tampoco los entiendo a ellos. A ninguno. Sobre todo a los varones. No me preguntéis porque sí o porque no, pero con las mujeres sintonizo, generalmente, un poco mejor. A ellos, de uno en uno me los manejo, pero como haya más de dos juntos, ya ni sé seguir sus conversaciones, ni entiendo sus bromas, ni -la verdad sea dicha- consigo que me caigan medianamente bien.
A mis cuarenta y casi todos tacos, tengo claro que  no voy a traicionarme a mi mismo únicamente para formar parte de la tribu, pero a veces no puedo evitar el pensar que soy un puto nazi prepotente y engreído. Es ahí cuando sopeso la posibilidad de ceder un poquito, no atrincherarme, mezclarme más, tolerar y hablar de memeces, exagerar sin parar y aprender unos cuantos formulismos vacíos, frases de moda para poder mantener ( y ojalá soportar) conversaciones de calamar.
La duda por tanto es esta: me mantengo al margen de la estupidez general y sigo siendo como soy o puede que este completamente equivocado y el completo imbécil (y encima prepotente) sea yo...
"Dats de cuestión".
Y lo jodido del caso, es que lo reconozca o no, ¡me molaría tanto ser como el rebaño y poder dormir calentito y despreocupado en el establo...!

sábado, 7 de abril de 2018

HACE YA UN AÑO.




Un día como el de ayer, pero de hace ya un año, estaba yo en el Albergue de Roncesvalles, para empezar al día siguiente mi segundo Camino de Santiago. Expectante y con esa excitación propia de todo lo que supone cierto grado de aventura que con tan solo sumarle al día a día un poco de novedad y de abandono de la rutina ya lo logramos.

Tenía un problema: era ya de noche, tenía que llamara a Brunete para contarle el cuento (como hago todas las noches y como le había prometido al despedirme de él) y resulta que el puñetero teléfono no se encendía... No tengo, ni he tenido nunca, móvil y era la primera vez que lo iba a utilizar asi que me encontraba completamente perdido. Pedí ayuda a una chica brasileña que pasaba justo a mi lado y ella paró a un barbudo feo (también brasileño o quizás portuñol). El abrió el móvil (yo no sabia que eso se podía hacer) sacó y volvió a meter la batería y yo puede encender el teléfono y hablar con Brunete. ¡Salvado!

Al día siguiente (tal día como hoy) empecé a caminar de Roncesvalles a Santiago, me dolía un poco la pierna más por el miedo escénico que por otra cosa, creo. El día estaba fresquito, el paisaje precioso. Al poco de salir del albergue me adelantó pizpireta y rápida una chavalita muy mona, con su coleta, su chaqueta roja y sus orejeras (flipé con lo de las orejeras, me pareció el no va más de la equipación innecesaria).


A partir de ese día estuve tropezándome con ellos durante más de quince días casi de continuo. Esas dos personas tienen desde entonces (y me atrevería a jurar que tendrán siempre) un sitio en mi corazón, un lugar privilegiado en mi almacén de los recuerdos bonitos. Asi que HOY quiero mandarles a esa dos personas tan INCREIBLES y BONITAS un enorme abrazo.


Y ya saben ustedes, portuñoles, si un día pasan por Burgos....: ¡cafelito!

miércoles, 7 de marzo de 2018

A NATALIA LE FLIPAM...

Abajo, unas fotos que me flipam un montón, jejejjejee

1-parejas flipantes del camino



2- esta pareja flipadora, la vi en mi ciudad, y saqué esta foto




3- y esta pareja los miré minutos depues de llegar a santiago (ellos miran la catedral)



4- mi amigo koky, el hombre que tiene todo! y habla mucho!



Tu tienes todo, Koky! No te olvides de eso!

lunes, 29 de enero de 2018

LOS RESTOS DEL NAUFRAGIO (AHORA SI QUE SI) SE NOS ACUMULAN LOS ESCOMBROS...

 
Lo de abajo lo escribí en Marzo de 2012. Ahora en Enero de 2.018 cuando están derribando el bloque de casas donde pasé la mayor parte de mi infancia, quiero volver a publicarlo, añadiendo las fotos del derribo (se van a construís 45 nuevas viviendas).
La habitación azulita de la derecha era la nuestra (los tres pequeños dormíamos allí en literas; hubo una época en la que dormíamos los cuatro chicos, luego Mauri al hacerse mayor consiguió su propia habitación en lo que era la salita de la entrada) y la del baldosín verde -que hoy volvería a estar de moda, "muy bonito, muy vintage..."- era la cocina. La cocina: desayunos de pan con colacao y huevo batido escuchando la "Saga de los Porretas", pitillo tras pitillo mientras planchabas y aguantabas nuestras aventuras y desventuras. Sándwich de jamón y queso para ese amigo que llevábamos a cenar -por supuesto siempre sin avisar-. Imposible calcular cuantas huevos fritos, cuantos churros, cuantas salchichas... Y sobre todo:  ¡cuánto Amor!).
Pepa, hace ya unos años que no queda piedra sobre piedra del hospital donde te moriste (Hospital General Yagüe) y ahora en un par de días tampoco quedará nada de la casa donde viviste tus últimos veinte años. Siempre nos quedará la Playa del Aguilar para recordarte.
¡Qué cosas!. Nos hacemos viejos y se nos acumulan los escombros...

 

Cuando llegamos a Burgos desde Madrid hace treinta y dos años, a mi padre le "dieron" una casa en la calle Aranda de Duero, frente a la Plaza Sur y la estación de autobuses, en lo que llamaban la "casa de los maestros". Huelga decir que en un principio casi todos los vecinos eran profesores, con los años estos fueron sustituidos por familias gitanas o payos de escasos recursos. Era un tercero sin ascensor, una casa muy modesta . Unos 95 metros cuadrados repartidos en cuatro habitaciones, salón, cocina y un baño en los que vivimos tremendamente felices durante casi veinte años. Viví allí desde los ocho hasta que a los treinta (dos años después de la muerte de mi madre) me casé. Poco después, mi padre se mudó a un apartamento más pequeño y la casa quedo cerrada y semi abandonada. Ahora por lo visto el Ayuntamiento quiere venderlas, demolerlas o vaya usted a saber qué. El caso es que mi padre me avisó por si quería recoger algo.
Esta tarde a eso de las cinco y media he ido para allá. La fachada está más o menos igual que siempre, el portal tampoco ha variado mucho, un pelín más descuidado si acaso. Pero en cuanto he empezado a subir las escaleras me ha impregnado un sentimiento de decadencia que no me ha abandonado hasta que me he vuelto a montar en el coche casi dos horas y media más tarde. He llegado a la puerta y la he abierto con cierto temor, sin recordar la cantidad de veces que habré hecho ese mismo gesto en el pasado al volver del cole, del instituto o del trabajo. He tardado un buen rato en poder subir los plomos para dar la luz. Lo primero que vi fue el pasillo con las marcas que habían dejado antiguos cuadros en la pared y la pintura del techo descascarillada en partes. Luego he entrado a lo que fue mi habitación, casi completamente vacía, desolación y frío, no sentí nada más. La salita: más de lo mismo, salvo que allí sigue (increiblemente viva, aunque no es un milagro, ya que mi padre se encarga de ir a regarla de vez en cuando) la planta preferida de mi madre, está enorme, no podremos llevárnosla porque debe pesar una tonelada y además no tendríamos donde meterla. Luego fui al baño: todo parecía reducido, mucho más pequeño de lo que yo lo recordaba. Pero por lo menos el baño no estaba desnudo, estaba casi como siempre. ¡La cantidad de horas que habré pasado frente a ese espejo peinándome el tupe!. Pasé a la cocina que siempre fue el centro neurálgico de la casa: salvo la falta de vida y de calor tampoco había cambiado tanto, detrás de la puerta seguía colgada la bolsa del pan, como si ayer mismo me hubieran mandado abajo donde Montse a por barra y media. Entré en lo que fue el cuarto de mis hermanos: dos armarios destartalados y más frío. Pasé al salón: huecos por todas partes donde el color de la pared era más suave, porque durante años los cuadros y las fotos los habían protegido del humo del tabaco. Trate de sentir los recuerdos y vivencias que allí se amontonaban y me dí cuenta con una extraña mezcla de tristeza y alivio, que allí no habitaba ningún recuerdo, eso eran tan solo unas paredes viejas. Los recuerdos habitan y viven en mí ,no en el 3º izq de la Calle Aranda de Duero 5. Finalmente (cómo cuando tengo pasteles, dejé lo mejor para el final) entré en la habitación de mis padres: solo quedaba una cama, una cómoda con su espejo, un zapatero y el armario de siempre pero más vacío y triste que un agujero negro. A pesar de todo lo que viví en esa habitación y que no entraría en un libro de cinco mil quinientas páginas (interminables charlas de madrugada, risas de domingo por la mañana, días repletos de mimos para curar la gripe...), a pesar de todo, no sentí nada más que una gigantesca tristeza y una imperiosa necesidad de llorar. Así que me puse a ello: lloré, lloré, lloré y al final me vi en el espejo y me parecí tan cómico que no pude evitar pasar del llanto a la sonrisa. Dí otro par de vueltas por la casa, no me decía nada, pero por otra parte me negaba a irme. Sé que tengo muy poca memoria y me da miedo olvidarme de como era esa casa. Desearía mantener para siempre en mi recuerdo cada habitación, cada rincón. Había llevado una cámara para sacar unas fotos, pero ni siquiera pude encenderla (estaba sin cargar la batería). Llevaba más de dos horas dando vueltas en menos de 100 mts cuadrados cuando me dí cuenta de que además de la decadencia me estaba impregnando un olor que no sabría definir pero que desde luego era cualquier cosa menos agradable. Era un olor a fin, a cierre, a deterioro. Suspiré. Volví a suspirar y salí fuera. Cerré la puerta con doble llave y bajé a la calle. Al montarme en el coche y arrancar sentí un enorme liberación. De los restos del naufragio sólo rescate dos ceniceros (cien veces rotos y cien veces pegados) de mi madre, su taza de café (que inexplicablemente ninguno de nosotros nos habíamos llevado antes) y los dos únicos libros que me interesaron (y que resultó que se los había regalado yo a ella años atrás).
Y ante el naufragio lo que dice la canción: "y si viene negra tempestad, reid, cantad y remad...".

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domingo, 28 de enero de 2018

i-NCOMUNICACION.

- ¿Qué te pasa?, ¿y esa cara?...
- Estamos a cien mil kilómetros.
- ¿De donde?.
- El uno del otro.
- ¡Ah!, ya.
- Ni puta idea...
- Seguro.
- No, ni puta idea.
- Ya te digo.
- ¿De lo que pienso?, ¿de mis anhelos?,  ¿de mi vida?...: ¡No tienes ni puta idea!.
- Seguro.
- En serio te lo digo.
- Ya. Ni quiero. ¿Y tú de la mía?... ¿Y...?, ¿qué pasa ahora, a que viene eso?
-¿Y...? Y nada. Nada. Absolutamente nada, o la nada absoluta, no lo tengo claro. Solo eso. ¿Te parece poco?.
- Ni poco ni mucho. No me parece nada. ¿Y a ti?.
- A mi... A mi. ¡Ni lo se!, ya ni lo sé.
- Ni lo sabes ni te importa. Que llames a la oficina, que debe ser urgente.
- Puta mierda.
- ¿Se puede saber que te pasa?
- Nada. Nada. No pasa nada. Que estaba pensando que igual ya es hora de que me eche un móvil.
- ¿Tú un móvil...? A santo de qué... ¿para llamar a la ofi?.
- No sé, que digo que igual si te mando un güas hasta lo lees y por puritita inercia lo contestas.
- ¿Ves...?: bronca a la vista. ¡Si se te notaba en la cara!
-Ya. Pues eso: ¡ni puta idea!, ¡ni ganas!.
- ¡Pues anda que tú...!. 

lunes, 8 de enero de 2018

ADIOS MONTAÑAS VAPOROSAS, ADIOS PAJAROS BOBOS QUE MAS QUE BOBOS SOIS BOBINOS...

Era un hombre grande. Era un hombre bueno. Era un hombre grande y bueno y tenía un chichón en la frente, pero sobre todas las apreciaciones insisto: era un hombre bueno. Y sí: tenía un curioso y enorme chichón en su despejada frente. Tal vez un bulto de sebo, imposible saberlo. Cada noche a la hora de irnos a la cama tenía un cuento nuevo para explicarnos el origen de su chichón. "Anda Tito, cuéntanos una historia del chichón, anda...".
Era un hombre grande y bueno y todos los veranos nos quería regalar una moto, pero nuestra madre no se lo permitió nunca. Bicis sí, bicis nos regalo más de una.
Daba igual que se tratase de imaginación, de juguetes, o de programar peripecias imposibles, él para sus niños siempre de lo bueno lo mejor.
Era un hombre grande y bueno, y especial. Muy especial. Tenia coches grandes y bonitos. Lo llamaban Don Luis y todos lo querían. Se dirigían siempre a él con una mezcla de respeto y cariño. Ya digo: era un hombre grande y bueno. Y se hacía querer. Era simpático. Y era alto, llevaba casi siempre el pelo rapado al cero y debía de ser guapo (a mi más que guapo me parecía interesante, no sé).
Tenía la facultad de que cualquier viaje en coche, por corto que fuese, se convirtiese en una fantástica aventura. O bien te daba a coger el hilo al que estaba atada la luna llena y te encargaba encarecidamente que no la perdieras o te compraba un helado y volanteaba y volanteaba hasta que veías con desesperación como sin haberlo aún probado toda la fresa y la vainilla acababan espachurradas en el asiento. En todas las carreteras nos encontrábamos algo abandonado, podía ser un camión de los que transportan coches, una autocaravana o una avioneta estacionada en algún aeródromo local, el caso es que siempre, siempre , nos las señalaba y nos decía: "Mirad, que avioneta abandonada más chula. A la vuelta paramos y nos la llevamos, ¿os parece?..." Y a la vuelta, siempre, siempre o veníamos ya dormidos o nos traía por otra ruta...  "se ve que ya se la ha llevado alguien..."
Era un hombre grande y bueno al que le encantaba mandar postales desde cada sitio que estuviese y en muchas de ellas te contaba la vicisitudes que vivía tratando de que en la fabrica de Torrot le diesen el repuesto de la caja de cambios de tu bicicleta..
Era un hombre grande y bueno que casi todos los veranos planeaba pasar una noche de pesca en su barco (el Gheisa) en el pantano de San Juan y nos hacía vivirlo mientras  preparábamos los aperos, los salvavidas, la cena, el termo... pero al final la Señorita Rotenmeller (nos va a poner a caldo, a caldo de Avecrem) nos frustraba la correría. Pedaleaba marcha atrás. montado de espaldas en el manillar de la bicicleta. Era divertido. Muy divertido. Organizaba guerras de agua en menos de lo que canta un gallo.

Era un hombre grande y bueno y le gustaba comer chuletillas y beber clarete, sobre todo beber clarete. Le gustaba jugar a la canasta y beber cubatas, sobre todo beber cubatas. Le gustaba mucho beber. Y lo  hacía bien. Los niños lo perseguíamos por todo el chale, porque era fácil que te diese una Coca-Cola casi llena (lo que le había sobrado de teñir la ginebra).
Era un hombre grande y bueno que era coronel y por eso sabia montar a caballo, sabía esgrima, y viajaba mucho. No sabía idiomas pero dibujaba vacas montando en bicicleta que te flipas. Nadie las dibujaba como él, de hecho nunca he visto a nadie más dibujarlas (yo a veces lo intento, pero no me salen del todo). Tenía una gran inteligencia pero sobre todo tenía una portentosa imaginación.
Era un hombre grande y bueno que nos enseñó a nadar y a andar en bici. Nos mimó, nos cuido y nos beso todo lo que pudo y más y a cambio nos usaba de señuelo cuando bajaba a comprar al pueblo para ligar con la verdulera.

Era un hombre grande y bueno que siempre tenía tiempo para contarnos una historia más. Historias increíbles, historias divertidas, historias mágicas, historias inolvidables. Y casi siempre eran historias sobre su chichón...
Era un hombre grande y bueno que siempre, siempre te hacía sentir especial.