lunes, 19 de marzo de 2012

SILBIDOS DE TREN.

Suena leve, amortiguado en la distancia. Otra vez ese triste pitido lejano... Casi siempre lo escucha alguna noche de domingo desde la cocina. No sabe el por qué pero lo empapa de melancolía. Una melancolía densa, antigua, que viene de lejos, de muy lejos. Quizás heredada de vidas pasadas. Se le agarra al pecho. ¿Cómo puede nadie sentir una tristeza tan profunda y tan arraigada con tan sólo ocho años?. Es una congoja que se le enraiza en mitad del pecho.
Se asoma a la ventana, mira la oscuridad del patio y trata de llenar sus pulmones de ese aire de mediados de marzo o de finales de junio. Apenas hay estrellas en el cielo y una nube de dudas e inseguridades cubre la luna menguante. Siente un insondable vacío en su interior (si entonces supiese de la existencia de los agujeros negros, no dudaría en definirlo como tal). La tristeza surge tan del mismísimo centro de su ser, que cree notar como la irradía a su alrededor. No hay explicaciones ni motivos, es algo más visceral que racional, es algo primario, que podría intentar definir como inseguridad, como temor, pero sobre todo como nostalgia. Nostalgia de no sabe el qué. Nostalgia de no sabe cuando.
Treinta y tantos años más tarde ya no escucha lo silbidos de los trenes, pero a veces, sobre todo en los cambios de estación, repentinamente le asalta esa emoción infantil y vuelve a preguntarse de que lejanos territorios le puede llegar esa espesa angustia, vieja e inmortal.

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1 comentario:

Temujin dijo...

El ferrocarril ya no "pita" y muchas veces divide territorios en vez de unir a las personas...